De Fútbol, Nueva York y otras pasiones (Elaborado el 27 de Mayo de 2008)

Si hay algo que he aprendido de la vida es que los cambios en las personas son menos constantes de lo que podría parecer; los seres humanos somos criaturas de costumbres y hábitos; vivimos ligados a conductas y normas las cuales tejemos a través del tiempo. Una vez que han sido forjadas, les atesoramos en escondrijos los cuales nos parecen tan fríamente aterradores como para volver a ellos, por la oscuridad que provocaron las experiencias amargas que nos llevaron a trazarlas, así es como nos constituimos, como seres temerosos al cambio y a las alternativas. Podríamos mirarnos al espejo, y al hacerlo conseguiríamos fácilmente hallar algo que nos disgusta de nuestro aspecto físico, e intentar mejorarlo. Sin embargo, contadas son las veces que uno mira a lo que hay al interior, a lo verdadero y esencial que nos constituye como seres humanos. La actitud crítica y la autorreflexión son hábitos sumamente difíciles de alcanzar.
Hace algún tiempo ya que he canalizado mis pensamientos y mis acciones hacia el anhelo propio de un afán de trascendencia, el cual hoy nuevamente cuestiono. Me gustaría hablar ahora de cómo fue que nació este último.
La primera vez que leí a Nietzsche yo tenía 14 años de edad. Sin contar con un guía ni un manual que me previniera, me aventuré al mal traducido mundo del filósofo alemán. Los textos del Anticristo y el Zaratustra, escritos de forma tan osada, perversa y a la vez cautivadora parecían abrirme los ojos ante posibilidades que nunca hubiese podido concebir. La voz de “Dios ha muerto” me condujo al camino de un supuesto ateísmo, mucho más similar a una antirreligiosidad. Estaba confiado en que ésta senda era la correcta, y así, enarbolado con el estandarte de profeta, compartía mis nuevas inquietudes y débiles interpretaciones de lo leído con todo aquél que estuviera dispuesto a escucharlas. Conforme aumentaba mi confianza en mi malinterpretación de Nietzsche, también aumentaba mi arrogancia y mi presunto escalonamiento con respecto a la posición de los otros. No es muy difícil imaginar lo que pasaría a continuación: una serie de desafortunados eventos, provocados en gran parte por mi soberbia y por mi joven anhelo de trascendencia en los otros, traerían de la mano un torbellino de sentimientos de culpabilidad, remordimiento, necesidad y anhelo de redención; sentimientos contra los que hipotéticamente me hallaba luchando. Había caído en el error que cayeron tantos otros al creer que han vislumbrado la luz al final del túnel y que ésta significaba la auténtica verdad; la promoción del sentido antirreligioso había fracasado rotundamente y cómo no, si ni siquiera yo mismo me hallaba cerca de los linderos de la autoconciencia.
Me di cuenta de que era necesario un cambio en mi accionar y decidí conducirme de otra manera: en vez de intentar cambiar a las personas a mi alrededor mediante la imaginaria verdad que pregonaba, imaginé primordial la canalización de mis emociones para poder alcanzar mis fines de trascendencia; creía que si miraba al otro y lo estudiaba lo suficiente, sería capaz de gestar sentimientos que provocaran reacciones en los otros a favor mío. Llegué inclusive a suponer que este modo de actuar, que bauticé como “el impulso racional”, me permitiría tener el control de mis pasiones, pero no fue así. Conforme pasaban los días, me sentía cada vez más seguro de que la ira, la tristeza, la piedad e inclusive el amor podrían sustentarse en una base racional planificada. Fue una cama de hospital lo que vino a acabar con mis ilusiones. La amargura, la impotencia y el shock en autoestima me hicieron caer en cuenta que mi manera de andar por la vida no había hecho más que reprimir impulsos esenciales en la vida de cualquier ser humano. La inmovilidad física me otorgó conciencia de la inmovilidad espiritual. Sentía ganas de oler la desgracia de los otros, tenía celos de su condición y tristeza al ver que había caído tan duro y tan fuerte: mi yo confiado y ególatra se daba la media vuelta cabizbajo para dar pie a un efímero ser lleno de ansiedad y sinrazón.
El proceso de reestructuración fue lento, pues había surgido una nueva serie de eventos desafortunados que parecía no tener fin.
La misma impotencia y el desprecio que sentía por mi mismo habían evocado una nueva actitud hacia la vida: cada paso que daba era un nuevo cuestionamiento y una nueva autocrítica, era como si la inseguridad en mi persona me hubiese llevado a un halo de dudas e incertidumbre. Aprendí a cuestionar mi vida, a cuestionar mi actitud hacia los otros y sobre todo, a nunca subestimar las decisiones que tomamos en el camino, por insignificantes que pudieran parecer. Desde hace algunos meses he concebido mi nuevo camino hacia la trascendencia, el cuál va más allá de cualquier sistema religioso o estigma semántico en el que se le pudiera acotar, pues claro: ¡Es solo mío y solo sirve para mí! Y con orgullo hablo de él porque trabajo duro y derramo lágrimas por mejorarlo a diario. He dejado de creer en el pregón de la verdad propia y he aprendido a servirme de las experiencias amargas, considerándolas fundamentales para mi desarrollo personal.
Como dije al inicio de éste texto, el cambio es aterrador; la gran mayoría de las personas cambiamos solamente cuando se presentan fuerzas negativas que impulsan la transformación. Nunca, desde mi perspectiva deberían ser vistas las adversidades como un castigo de un personaje externo, ello sería recaer en errores del pasado, sino todo lo contrario, me parece fundamental reconocer el legado que estas experiencias nos dan y canalizarlo de manera positiva. Vivir permanentemente con la actitud autocrítica, vivir con prudencia, valorar el trabajo como generador de autoconciencia y realización, hablar con honradez y procurar el amor sin medida y el ocio, son conductas a las que intento tender día con día, y son cuestiones fundamentales que forman hoy mi nuevo afán de trascendencia.
Con certeza el día de mañana alguna fuerza negativa me impulsará a un nuevo despertar y con la misma certeza puedo afirmar que más que nunca estaré preparado para recibirla y para abrazarla gustosamente. Las experiencias amargas son parte importantísima del día a día, constituyen lo que somos y son esenciales en nuestro desencadenamiento personal y aunque puedan sorprendernos con su viveza, la intensificación de emociones que nos hacen vivir es experiencia única e irrepetible.
¿A qué sabría la vida sin esa amargura, sin esa caída o esa naúsea que la caracteriza? No sé, a Coca-Cola Zero tal vez.


1 Comments:
"La enfermedad fue mi salvadora"
Post a Comment
<< Home